El yo y sus antojos

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El conjunto de avances científico-tecnológicos que hemos vivido las últimas décadas, han hecho que el mundo se vuelva más complejo y resulte difícil percibir su unidad. Se vive una realidad fragmentada. Se mira la realidad unilateralmente, ya sea desde la perspectiva económica, política o científica, reduciéndola a sólo alguno de sus aspectos, y se interpreta a la naturaleza humana como algo puramente biológico, socioeconómico o sentimental.

Es como si la cultura se hubiese resquebrajado en aspectos parciales. En particular, la economía y el mercado son cada vez más el criterio desde el que se ve y se usa la realidad. El ámbito educativo se ve afectado por este reduccionismo de las exigencias del mercado que se convierten en criterios rectores al diseñar políticas y programas para la formación educativa, sobre todo de la niñez y la juventud.

El problema cultural de fondo es que la vida de cada persona fluctúa cada vez más como caminando por su cuenta y se va alejando poco a poco de la pregunta por el significado y el misterio de la existencia.

La falta de sentido unitario de los factores que componen la realidad trae consigo una profunda fractura entre la fe y la vida, en donde la razón ha abandonado su vocación de buscar el significado último reduciéndose al ámbito de lo eficiente y lo inmediato: “Dios, si existe, no importa”, se repite en lo interno la persona emanada de este contexto.

Contrario a lo que sucedía en el pasado y en nuestros pueblos, la fe ha quedado reducida a un sentimiento, a una piedad intimista, carente de razones y desvinculada de la vida. Se “falsifica el concepto de realidad con la amputación de la realidad fundante y por esto decisiva, que es Dios, [lo cual] sólo puede terminar en caminos equivocados y con recetas destructivas”.

“El pragmatismo imperante deja poco tiempo y energía para la búsqueda de algo más profundo que el éxito o la satisfacción inmediata. La búsqueda del significado último de la vida y la experiencia de lo trascendente están como ausentes, ajenas a una sociedad aparentemente satisfecha de sí misma” y sin embargo, llena de incertidumbre y angustia sobre el futuro. “Las interrogantes propiamente humanas ¿qué sentido tiene todo?, ¿por qué existe el dolor y la muerte?, ¿por qué vale la pena realmente vivir?, que surgen siempre al entrar en contacto con la realidad, se ven eclipsados por el deseo de lo inmediato y son relegados al ámbito de lo subjetivo, quitándoles así poder para crear una comunidad”.

El deseo de plenitud del ser humano a pesar de todo no se cancela. Por eso, cada persona continúa buscando sentido para su vida y no es extraño que vuelva a descubrir caminos que lo llevan a la dimensión religiosa como respuesta a las exigencias de su corazón.

El relativismo: el yo y sus antojos

En nuestro tiempo es común encontrar como criterio de juicio el relativismo, es decir, la reducción de la verdad a un juicio puramente subjetivo.

Pareciera ser ésta la actitud más adecuada porque no se reconoce nada como definitivo y la última medida es el propio yo y sus antojos. El clima cultural generalizado conduce a “dudar del valor de la persona humana, del significado mismo de la verdad y del bien; en definitiva, de la bondad de la vida. Entonces, se hace difícil transmitir de una generación a otra algo válido y cierto, reglas de comportamiento, objetivos creíbles en torno a los cuales construir la propia vida”.

Esta postura ante la realidad abre la puerta a la dictadura de los deseos, ya sean instintivos o de poder, generadores de violencia como la que hoy experimentamos.

 Esta delicada situación merece:

­- Replantearnos con sinceridad y valentía el camino que estamos siguiendo para transformar nuestra historia de desencuentros y violencia en un horizonte de verdaderas oportunidades, desarrollo e inclusión, pensando especialmente en las nuevas generaciones.

­- Reconocer que los miembros de la Iglesia “necesitamos recomenzar desde Cristo, (…) y necesitamos que nos consuma el celo misionero para llevar al corazón de la cultura de nuestro tiempo, aquel sentido unitario y completo de la vida humana que ni la política, ni la ciencia, ni la economía, ni los medios de comunicación podrán proporcionarle”.

Afirmemos y subrayemos que ésta es la tarea educativa de nuestro tiempo. Tenemos ante nosotros un desafío apasionante y hermoso. Dar a luz una nueva cultura cristiana en este comienzo del Tercer Milenio; “ser los autores de una nueva síntesis entre la fe y la cultura de nuestro tiempo” a través de la urgente tarea educativa.

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