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Todos somos paradoja | Por Alfredo García

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En la región noreste, los jóvenes somos peso fuerte

“Véngase a tomar una copa para brindar por este triunfo de la justicia. Lo miré con todo el desprecio de que soy capaz. Estos burócratas quincenales, pensé, no piensan más que en cerrar expedientes…” -Ibargüengoitia.

Cuando los tiempos electorales nos vienen, las sobremesas de todos están dedicadas a un mismo tema. Los ojos están puestos en un mismo asunto: el de la grilla. Quien sucede al poder con el hambre de quien nunca ha comido, es tan peligroso como quien busca ocupar un cargo público y nunca se ha interesado por lo gubernamental, más allá de sus intereses partidistas. Es una historia vieja y como muchos otros quehaceres del hombre, la política se seguirá apropiando de nuestra calma.

Hay una idea que nace, casi como consigna, de los cobijados por la burocracia y que se ha expandido entre las generaciones más jóvenes, consiste en servirse de lo público y no al contrario, servir en los asuntos públicos.

Aún cuando esta situación es la queja de muchas crónicas al día, no quiero, por esta vez, dedicar estas líneas a los personajes que como bien dice Denise Dresser, son demasiado pequeños como para habitar el país en que viven. Quiero hablar de una posibilidad de cambio que hoy se tambalea. Todos sabemos que el futuro o el presente -según lo queramos ver-, está en los jóvenes, pero ese discurso ya es de muchos. A mi lo que me interesa saber más bien es ¿y esto, a los jóvenes qué tanto nos interesa?

Porque hay una realidad que me abruma. Hace no más de dos meses en una charla por los pasillos del departamento de Derecho de mi Universidad, discutían dos amigos. Él le preguntó a ella — ¿A qué te quieres dedicar? Ella contestó, con el orgullo grande: — Al litigio, pues qué más. ¿Y tú?, le dijo. Él contestó — Al servicio público gubernamental. La cara se le puso de mil colores a mi compañera y replicó: — ¡Qué va! eso es para ladrones, tú tienes mucho talento, no pierdas el tiempo.

Me hubiera gustado sacudirle la conciencia, reclamarle, casi como un derecho. Porque me sigo preguntando ¿Hasta cuándo el “talento” tendrá el atrevimiento de empeñarse en regresarnos la paz? 

Cambiar la forma de operar de los funcionarios públicos de éste y cualquier municipio de nuestro país, no es cosa de cambios repentinos, al menos por la vía de la paz. Hoy me preocupa más la cantidad de jóvenes a los que les interesa que les llamen licenciados, cuando no son capaces de sentir dolor por el otro, los que no conocen su país y a los que las minorías no les interesan. Los que no entienden que la educación es un privilegio. A los que les interesa más volverse ricos que respetados. Un grupo que un día bajo el discurso de “preparados” van ocupar de la misma forma que ocupan nuestros funcionarios “las sillas”. Esos lector, un día serán quienes dominen la cosa pública. Y nada tiene que ver lo “educado” con lo ladrón.

A siete meses de que en San Luis de La Paz y en la región, se decidan los nuevos gobiernos locales, muchos jóvenes siguen enajenados. Mientras no haya un hueso o no se afecten sus intereses particulares, entonces que la decisión esté antes que en ellos en todo el mundo. Que el desastre que son nuestras calles y la seguridad quede en manos de quienes embrutecidos por el poco poder que tienen lo utilicen para dominar. Claro, nada nos asegura que en quienes ponemos la confianza de un voto, vayan a ser fieles a su verborrea de campaña. Sin embargo, la elección se tiene que dar, y el gobierno quedará en manos de alguien. Le tenemos que poner nombre y se la tenemos que dar a un partido o al que con trabajo y mucha suerte, se coloque con campaña independiente.

Si hoy no podemos hacer nada, estoy seguro que si nos preocupamos por permear la idea de no volvernos un espiral, mañana seremos más libres, estaremos más seguros. Muchos se encuentran cansados de la situación que vivimos. Póngale usted el nombre que quiera; inseguridad, violencia, o abuso de poder.  Pero mientras la juventud de nuestros días y de los de mañana no sea consiente de esta situación entonces, lamento decirle, que por más quejas que sumemos nunca le podremos dar fin a este sin remedio.

El INE ha dividido en 12 grupos por edades a los inscritos en el padrón electoral. En las próximas elecciones municipales, el 16% de los votos que se esperan se realicen, pertenecerá a quienes oscilamos entre los 20 y los 24 años. El peso de la gente joven será grande para decidir de qué color se pinta el horizonte.

Y el asunto no es sólo votar, es hacerlo de manera informada, proponer, unirse a proyectos productivos, aprovechar el acceso a la educación, investigar sobre los derechos que tenemos. Ser conscientes que para el servicio público hace falta vocación.

Se aproxima una realidad que no podemos seguir aplazando. La queja que flota en el aire sobre la imposibilidad de acabar con los malos gobiernos, requiere de la visión crítica de los gobernados. Para poder exigir el cumplimiento de funciones a nuestras autoridades hay que conocerlas, interesarse por los asuntos públicos es un deber de todo ciudadano. Y es fácil hacerlo, sin embargo, entiendo que el trabajo difícil es no dejarse vencer por el desánimo que provoca tanto crimen, tanta impunidad.

Hay que aclararlo, no podemos acabar con ello de un golpe, se trata de trabajar. Si con nuestro actuar hacemos ecos en las conciencias de otros, lo que hoy es un imposible, mañana formará parte del pensamiento que construya el lugar que merecemos habitar.

Todos somos paradoja | Por: Alfredo García

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Vivos se los llevaron

Nunca antes sentí la indignación de una protesta, nunca antes me permití pelear por lo evidente. Bajo ninguna circunstancia me otorgué a una causa, que por más justa y necesaria que fuera, provocara cambios en mi vacía y equivocada idea del orden. Pero me dieron y nos dieron a muchos una lección que sacudió nuestro compromiso y tatuó nuestras conciencias. El pasado martes 22 de octubre me desperté con la idea de que el día trascurriera normal.

Del país, sabía lo que registran muchos, lo que se atreven a hablar pocos y lo que calladamente todos observábamos; el exceso del poder, la cobardía y la sin vergüenza desapareció la pista de 43 normalistas.

Pero ese día no fue y no será jamás como los otros. Lo que aprendí probablemente nunca hubiera podido entenderlo en un salón de clases; hay causas que ameritan ser exigidas y que necesitan ser llevadas a los oídos de los que no pueden o se aferran a no oír.

En días posteriores al 22 de octubre, se convocó a un paro nacional de universidades como actividad para mostrar la inconformidad por los acontecimientos sucedidos en Ayotzinapa, Guerrero. Muchos, quienes pertenecemos a universidades con tendencias a acatar cualquier cosa -sin importar qué- mientras sea orden, pensamos que a tal ejercicio únicamente se unirían universidades con otras posturas.

Pero presenciamos la organización de los estudiantes de la máxima casa de estudios de nuestro Estado, que se unieron a un movimiento simbólico. Uno que logró despertar en muchos la inquietud de ponerle remedio al abuso del poder. Hubo un ejercicio del que el universitario no debe privarse.

De acuerdo o no, la formación de argumentos y el debate se conjugaron para fortalecer el aparato crítico, ese que –en teoría-, debemos desarrollar más en esta etapa. Los de mi época -y lo digo con orgullo- parecieron mostrarse interesados por la cosa pública; por la educación y por los derechos humanos. Entraron en una discusión que llevada a las redes sociales propició que más personas se informaran. Lo hicieron, y durante 48 horas, ya sea para apoyar o negar una causa que no hicieron suya, dieron cuenta de un una actividad que para mí, ya representa un triunfo.

Durante dos días completos, varios estudiantes de la Universidad de Guanajuato se unieron a un ejercicio que marcó su historia. El primer punto fue tomar el edificio central y luego, sin planearlo, permeó y se logró la toma de otros departamentos. Encabezados por compañeros de la División de Derecho Política y Gobierno, muchos jóvenes pasaron la noche vigilando las puertas de las principales entradas del edificio de nuestra alma mater. Sigue causándome asombro recordar la muestra de solidaridad de compañeros de otras carreras, que sin conocerse ofrecieron alimento y bebida. Y me despojé, por suerte, de muchos prejuicios, porque todos con diferentes posturas políticas y sin importar las diferencias sociales, entendieron que abanderarse con la igualdad, no puede ser cosa de unos cuantos. Grupos pequeños de comerciantes también dieron sus muestras de apoyo. Familias y grupos de turistas nacionales y extranjeros se unieron a reclamar una misma consigna “¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!”

Normalmente la aceptación de las injusticias va acompañada de nuestro silencio. A ratos pedimos más seguridad, pero presenciamos la falta de interés de nuestro gobierno y nos limitamos a temer sin proponer soluciones. Queremos cambiar un país del que conocemos poco y por el no nos interesamos lo suficiente, uno del que nos quejamos a diario cuando nos afecta directamente, pero del que una parte hoy vive en un desanimo total frente a nuestra pasmosa inmovilidad.

Cuando callamos hay paradoja, porque pedimos paz y no aportamos en construirla, empezando por no conocer lo que nos la quita. Pero por un momento -que sigue haciendo eco en nuestras memorias- la paradoja se rompió, y también se pueden romper otras, con el impulso de los que se empeñan en darle remedio a las “causas perdidas”.

Sí, hay que decirlo, también nos llamaron porros, revoltosos, e incluso a algunos pseudo intelectuales de izquierda. Pero en un acontecimiento que ha cambiado la esperanzan de muchos en mi generación, vi unirse a la causa también a investigadores y a un grupos de jóvenes mujeres que pertenecen a la primera clínica de protección de derechos humanos de nuestro país, que opera y nació en nuestro Estado; todos a un mismo tiempo fuimos universitarios.

Vi, dentro de un ejercicio sin destrozos, digno del respeto de todos, posibilidades y esperanza. Observé a jóvenes que fuera de las aulas y sin otra paga que no sea la que afiance sus convicciones, le dedican tiempo a la difusión de la cultura y al activismo social sin remuneraciones. Presencié también un llamado al respeto institucional para el ejecutivo federal y para las autoridades que no están cumpliendo sus funciones. Decidieron operar bajo éste y no de otro modo. Por eso, quiera el futuro -con sus impunidades y sus litigios- que un día sean estas mentes libres quienes gobiernen nuestros días.

@alfredogamt

Todos somos paradoja | Por Alfredo García

 

71ES14C Todos somos paradoja Alfredo GarcíaAprender es compromiso

 

“La sabiduría no se adquiere leyendo en los libros sino en los hombres” Hobbes.

Guardo, dentro del desastre que es mi memoria, el recuerdo de un hombre que le dio mucho a San Luis de la Paz y que se conformó solo con aquello que para él representara aprendizaje. Le recuerdo con ochenta y tantos encima y con una memoria privilegiada. Un hombre sencillo y audaz. A ratos Ricardo, a ratos “El Químico” como le conocieron muchos. Nació en Jalisco pero por fortuna aquí vivió. La última vez que pude escucharle dio sin más después de los saludos, una cátedra de la física del sonido y me dio un paseo por lugares del globo terráqueo que sigo sin conocer y que hasta ese momento, ninguno de mis maestros había mencionado.  

Era sin duda un hombre al que saber le entusiasmaba; hizo de su vida un conocer constante. Hizo de sus días la exploración a pie de la geografía del noreste, y la registró, y nos contó como fue. En 1944 diseñó y construyó la  primera planta de transmisión radiofónica de San Luis de la Paz, la XESL. Ricardo Soltero historiador de una vida, fotógrafo, químico, conversador añorable. Hizo esto y tanto, que no bastan las líneas que pueda yo recordar para hablar de él.

Lo recuerdo porque para entonces me enseñó, sin decir ni pretender nada, que la capacidad de asombro siempre nos lleva por caminos que se vuelven nuestros. Que el hombre en la medida de su conocimiento se va apropiando del mundo. Que cuando se ha tenido acceso a la educación no debería usarse en perjuicio de otros. Que cuando se aprende –de verdad- se debe ser consciente de todo lo que ignoramos.  

El poder, bajo cualquiera de sus formas, ofusca; adquisitivo, social y hasta intelectual. Hace muchos años México como otros países del mundo, sufría de un mal; había pocas oportunidades para acceder a estudios universitarios. Hoy, sin duda, sufre uno que tal vez sea peor; a precio de subir los números se han creado “Universidades” que buscan poco menos que entregarle a la sociedad gente montada en traje tras un escritorio que no ve más allá de su realidad, a la que le cuesta hacer su trabajo con eficiencia. Personas que entorpecen el sistema gubernamental, educativo o de salud. Aquellos que no están dispuestos a poner lo que aprendieron en favor de otros. Aquellos que creen que le hacen un favor al resto, sabiendo que su preparación los marca, los compromete a aprender más, olvidando que cuanto más se sabe se ignora más.

Todos los días, comerciantes, jornaleros y profesionistas pasan horas trabajando. Cosa natural –aunque a veces excesiva- es que se cobren impuestos. Luego, el pago de esos impuestos es destinado por el gobierno a varios sectores, salud, vivienda y también educación.

Educación pública que recibimos cientos de jóvenes, y precisamente bajo esa perspectiva, la ciudadanía sostiene a un sector que al concluir su educación, se olvida de ella. Ello no quiere decir que quienes acceden a la educación privada no tengan también esa responsabilidad social.

Es muy simple, si la ciencia, el arte, o la educación –entre muchas otras creaciones del hombre- no resuelve problemáticas propias de una sociedad, entonces no sirven de nada.

“El Químico” sabía cual era el trabajo de aprender. Me entusiasma despertar la idea de que hubo y por fortuna hay por ahí pensamientos como el suyo. Despierto desesperado ese recuerdo al ver la situación que vivimos hoy, lo hago para darle aliento a mis días, para creer en la idea de que el lugar en el que vivo puede ser mejor.

Cada vez me hago más a la idea de que las personas más grandes que conozco carecen de título y de ellas, las que lo tienen, lo guardan en un segundo plano como sabiendo que ello sólo marca una parte de quien son.

@alfredogamt

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Criticar al César no es criticar a Roma

En marzo del 69 Carlos Fuentes le dijo al reportero Guillermo Ochoa del Excélsior sin mesura, y con mucha precisión: “Criticar al César no es criticar a Roma. Criticar a un Gobierno no es criticar a un país”. Frase que de entenderse, nos hubiera evitado disputas inútiles de sobremesa a muchos. Explica que hablar de un país, -con sus fallas y sus problemas- no es achacarle todo al gobierno.

Este mes recordamos el 2 de octubre, se conmemoraron 46 años del aquel abuso de poder contra estudiantes universitarios en la plaza de las tres culturas. Cada quien presumió sus cifras. El presidente de la república en turno, Gustavo Díaz Ordaz dijo frente a la prensa nacional e internacional que fueron 26 muertos, 1 mil 43 personas detenidas y 100 heridos. Declaraciones que siguen despertando indignación. Hoy me es imposible no empatar tal situación con la que viven cientos de universitarios del Instituto Politécnico Nacional, que el pasado 17 de septiembre iniciaron una movilización para inconformarse en contra de la aprobación de la propuesta de reforma a su reglamento interno. Entre otras cosas, los estudiantes temen a la reducción de materias que son esenciales para su formación profesional, temen que la adopción de nuevos modelos educativos modifique su calidad potencial de Ingenieros por la de Técnicos Superiores Universitarios. Con justa razón hay preocupación, pues muchas “universidades” no han logrado entender que lo que son, se lo deben a sus estudiantes, y que el conocimiento se va creando gracias al trabajo  de éstos con el apoyo de los maestros, que no puede coartarse la posibilidad de aprender más, en la medida del talento de sus estudiantes. Ese u-ni-ver-so de mentes pensando  hace posible la u-ni-ver-si-dad.

La situación es cada vez peor. Pasó lo que muchos creyeron se había vivido en el 68 y que ahí mismo se enterró. Es difícil ponerle un nombre a lo que hicieron con los estudiantes de la Escuela Normal de Ayotzinapa en el estado de Guerrero. La violación a sus Derechos Humanos es evidente, las familias exigen una respuesta pronta. Indigna, lastima y preocupa. Son 43 y no se ha respondido por ellos. Miles de jóvenes universitarios, padres de familia y grupos de la sociedad civil hacen movilizaciones por todo el país en las que reclaman a gritos justicia que a veces parece reservada para unos cuantos.

Los movimientos  de estudiantes son ineludibles, las marchas son necesarias, son justificables creo, en la medida en que se viola el derecho que ilumina a muchos otros, el de la educación. Cuando viene la necesidad hay que buscar las formas.  Decía el Licenciado Arellano Rangel en sus clases de Introducción al Estudio del Derecho –que le siguen dando esperanza a mis días y que despertó las mentes de muchos jóvenes ludovicenses- que “El derecho se pide, se exige, y si no… se arrebata” Aclaraba, el asunto no es la anarquía  total, el asunto es que hay cosas que son nuestras, y de las que no nos pueden privar. El siempre creyó que aprender, era una de esas cosas.

La paradoja hoy es simple, no podemos sabernos universitarios sin sentir indignación y más aún sin  ser consientes de que nos corresponde proponer medidas que le den solución a un tema que ya es viejo; de la generación de nuestros padres con Tlatelolco, hoy nuestro con Ayotzinapa y que no me gustaría heredar. No basta con armar plantones, agilizar movimientos porque tarde o temprano si no hacemos algo, sólo nos quedará esperar a que vengan y nos restrinjan los derechos. Estos acontecimientos deben servir de ejemplo. No basta con una revuelta de masas, hace falta un cambio del pensamiento colectivo, una propuesta sólida y el compromiso de la juventud. La solidaridad debe ir más allá de una columna o de un post en una red social.

Por lo cual, me gustaría cuestionarte a ti lector ¿Qué podríamos hacer para mejorar esto?

Quizás ir trabajando cada quien desde nuestras trincheras, sumando esfuerzos para permear la idea en otras personas –las que probablemente serán algún día, encargados de la enseñanza o  funcionarios públicos-, que la educación no debe ser privilegio de unos, que su función es la de crear capacidades, no la de imponer ideas. Hacen falta grupos de jóvenes que sean consientes que la labor universitaria no termina en las aulas, ni en la obtención de un trabajo que no le beneficie nadie más que a sí mismos.

Lamentablemente el noreste de Guanajuato cuenta con pocos grupos  de jóvenes organizados de la sociedad civil que estén preocupados por poner al alcance de los grupos vulnerables la cultura, la idea del trabajo en equipo y en general la idea de crear fuentes de empleo. Existen por infortunio un número superior de organizaciones de beneficencia con fines partidistas que buscan poco menos que repartir despensas. Y no es que no sea necesario el trabajo de esas y muchas más, porque las circunstancias lo exigen también. Pero sin lugar a dudas, es urgente hacer conciencia de que al que se le da, también hay enseñarle que está en la posibilidad de crear más, en la medida que su esfuerzo se lo permita.

Hoy recordamos la violación de derechos a estudiantes, hoy la prensa nacional nos informa sobre la situación del Politécnico y Ayotzinapa. Aún en la lejanía no podemos sabernos ajenos. Debemos implementar acciones para que las generaciones que ya nos pisan los talones, nazcan con la posibilidad de un pensamiento más libre. Uno que ayude a construir –basado en opiniones realistas y responsables- los profesionales que tanto nos hacen falta.

Posdata: No me puedo despedir esta semana sin recomendarles una lectura obligada. Quizá no es la favorita de muchos pero sí un trabajo periodístico del que no podríamos prescindir aquellos que no  nos conformamos con el relato oficial. La Noche de Tlatelolco de Elena Poniatowska.

@alfredogamt

Todos somos paradoja | Por Alfredo García

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Comienzos cargados de conciencia

 “Tratar de convencer a otra persona es indecoroso. Es atentar contra su libertad de pensar o creer o de hacer lo que le dé la gana. Yo quiero sólo enseñar, dar a conocer, mostrar, no demostrar. Si a alguien he de convencer algún día, ese alguien ha de ser yo mismo. …” Sabines.

 Me vino la sorpresa completa por esta invitación a escribir. Devuelvo todo el agradecimiento por el espacio a quienes hacen posible El Semanario. Dicen algunos amigos, a los que les conté sobre hacer esto, que le va a dar un cambio a mis días; a ello respondo que no me interesa si los cambia, lo que sí me entusiasma es que esto se vuelva labor. Cada quien ve como puede las cosas. Escucharlas o leerlas de otros, puede cambiar nuestra forma de verlas y sobre todo influir en nuestras acciones.  Si soy capaz de cambiar la perspectiva de alguien hacia un horizonte positivo, entonces caminaré seguro de que cambiarán nuestros días.

Les presento entusiasmadísimo “Mi Paradoja”, nuestra, para fines de que usted y yo la compartamos –como es mi intención-. Se me ha venido ocurriendo de ya hace tiempo, que Todos Somos Paradoja. Somos la contradicción entre lo que lo que aspiramos y efectuamos. En esta columna me voy a permitir poner algunos apuntes sobre tal cuestión.

Pensar es una cosa que debe suponerse nuestra por el hecho de ser personas. Una condición que sin más, la poseemos la mayoría. Todos pensamos de la misma forma; abstraemos igual, ¡claro! unos más lento que otros, pero no pensamos lo mismo. Nos gusta tramar mucho, hacernos marañas con nuestras ideas y somos expertos en buscar los caminos para que ello no empate con nuestras formas de actuar. Nunca falta por ahí el detentador del poder que cree que Juventud en Éxtasis, lo escribió Gabriel García Márquez, nada más porque se murió. En el gobierno hay muchos ejemplos y más dobles discursos de los que podríamos enumerar, pero esos, con excepción de las veces que le sea imposible a la razón no sacarlos a la luz, los vamos a omitir. Abordaremos principalmente, las contradicciones ciudadanas.

Y es que todos queremos mejor educación –por ejemplo-, pero no nos preocupamos por entender qué es. Queremos que nuestros hijos vayan y se vuelvan letrados para que les llamen licenciados o doctores, o para que accedan a mejores niveles sociales y económicos. A las súplicas les agregamos el “quiero que se vuelva alguien en la vida” e imploramos a la par de la lástima -porque “se esfuerza mucho”-, que los puntos de la asistencia o de su trabajo le den el pase, aunque sea, como si no fueran deber del que quiere aprender.

Según el Instituto Mexicano para la competitividad (IMCO), la licenciatura en Derecho es la tercera licenciatura con más profesionales en México. Y la impartición de justicia en nuestro país –creemos muchos- aún no logra verse impactada positivamente por el saturado número de “profesionales” en esta área, por citar un caso.

Tenemos los problemas encima y estamos haciendo poco como ciudadanos.  Puede tornarse trágico o cómico. Puede no agradarnos mucho, pero así se vuelve cotidianidad.

Dejo estos párrafos como introduciendo lo que se vuelve un primer paso. Se los regalo dejando en claro que leer lo que no nos gusta escuchar sobre nuestros problemas, nos vuelve más fuertes. Lo hago porque me apasiona la idea de aportar algo al noreste y de volver mejor a San Luis de la Paz. Porque me conduzco seguro de que no hay remedios eficaces sin comienzos cargados de conciencia.

@alfredogamt