Se agotaron las ideas y también el sistema político

Gerardo Mosqueda

El presidente Peña acudió a la sede de la Organización de Naciones Unidas, le dieron a que leyera el mismo discurso del pacto por las reformas, el mismo que leyó cada vez que firmó una iniciativa para enviar al congreso, el mismo discurso para cerrar las reformas aprobadas por los del pacto por México y votadas por los diputados que siguen sin entender lo que votaron pero ya no importa, ahora hay una nueva legislatura, el mismo para su tercer informe de gobierno… La más trascendente de las reformas, la educativa, ya fue materia de discusión en el senado y el secretario Nuño dejó sin contestar los cuestionamientos de los senadores. Hay que seguir esperando a que le entiendan y después ver si estarán en capacidad de instrumentar los contenidos, corriendo el riesgo de llegar tarde, una vez más.

Si los temas educativos llegan a entusiasmar a los mexicanos es porque tienen el ingrediente sustantivo que involucra; se trata de los niños y los jóvenes de nuestro país, desde luego que no es un asunto menor.

Independientemente de cómo se aborde el tema, la importancia no está en duda; pero el presidente habla de las reformas estructurales en todos y cada uno de los foros donde se presenta. Con la credibilidad en su nivel más bajo, con parálisis económica y comunicando decisiones que dejan sin resolver el fondo, por ejemplo: decretar zonas económicas especiales para los salarios mínimos, iniciativa que fue descartada hace dos décadas y que hoy se aplica sin esperar un beneficio significativo en el ingreso familiar.

Las estructuras gubernamentales se reciclan, las políticas públicas se quedan cortas y los titulares del poder no acuerdan en función de una visión de gobierno. Acuerdan en función de cuotas de poder entre los grupos del partido del presidente, conducta que se recicla también en los ejecutivos estatales y municipales. Mientras tanto los temas transversales en la vida política del país siguen siendo la inseguridad, el desempleo, la corrupción gubernamental, los monopolios y en algún lugar de la agenda nacional estará atender al creciente número de pobres, la educación y salud de los mexicanos.

Las prioridades de la agenda, si las hay, pasan por el filtro de los partidos políticos y se produce una inviable combinación entre un presidencialismo irracional y una partidocracia operando desde el poder legislativo; los acuerdos políticos están sostenidos en negociaciones partidistas y siguen la lógica de los negocios lucrativos. Está en duda el liderazgo del ejecutivo para encabezar decisiones estructurales que reconozcan y combatan la corrupción por una sencilla razón: el presidente no tiene la probidad moral. Es decir, los mexicanos deberemos trabajar en la configuración de un nuevo sistema político mexicano donde se privilegie el acuerdo en función de las prioridades del país, anteponiendo la verdad y el bien para todos los mexicanos, empezando por los que menos tienen, los que menos pueden y los que menos saben.

La administración pública mexicana está a la deriva del pragmatismo, de los monopolios políticos, sindicales, mediáticos, partidistas y delincuenciales… Como ha venido sucediendo durante casi ocho décadas, en algunos momentos más belicosos, en otros más “civilizados”. Se agotaron las ideas, el sistema político mexicano también.

Hasta la próxima PROSPECTIVA.

@MosquedaGerardo

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