La miseria como documento de identidad

nueva columna Alfredo García

“Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba…” –Eduardo Galeano.

 

Dice Borges entre alguna de las páginas de su Libro de Sueños que el nacionalismo, a veces, resulta ser no más que un acto de fe. Florentino también lo cree. Es un inmigrante beliceño de treinta y tres años que escogió los semáforos del Boulevard Sierra Gorda en San Luis de la Paz como trinchera temporal para buscar el “sueño americano” el fin de semana pasado. Tiene tres hijos. De las rastas le cuelgan tres cuentas de colores que dice significan paz, libertad y justicia. Tiene la piel de un moreno tan intenso como la fuerza que se le escapa por las pupilas. Lleva cinco meses en nuestro país. Caminó durante un mes y medio de Palenque a Veracruz, en Palenque lo asaltaron y le quitaron todo. Se embarcó un día en La Bestia y vio a niños con hambre y a mujeres mientras eran violadas sin que nadie pudiera decir nada. Mexicanos, guatemaltecos y hondureños todos ilegales y cuyo único documento de identidad pareciera ser la miseria.

Hay quien se le aleja con miedo o ve a Florentino con extrañeza, como olvidando que esta ciudad y muchas de las familias que la componen están construidas por adobes de trabajo y voluntad migrante. Él busca trabajo, pero muy poca gente se lo quiere dar, pide monedas que agradece mientras le pintan caras de desagrado.

La violencia desmedida, la pobreza y el hambre hacen a Florentino como a muchos otros salir de sus países en busca de mejores oportunidades. México enfrenta una problemática a la que debe darle salida urgente. Aunque algunos migrantes de países del sur piden asilo legal en México la mayoría cruzan sin él. Según datos de la Comisión Mexicana de Ayuda a los Refugiados (COMAR)[1] 1,164 personas pidieron refugiarse en nuestro país durante el 2013. El año pasado sólo 22% de los solicitantes hondureños y 30% de los solicitantes salvadoreños obtuvieron el estatus de ‘refugiado’. Sin embargo la urgencia de salir de los ambientes de violencia los presiona a dejar sus países. Pero llegar a México es un peligro. Muchos de los indocumentados son absorbidos por grupos delictivos y de narcotraficantes que los obligan a trabajar para ellos. Unos se mueren, otros se quedan a formar parte de las filas de la ‘empresa’ de las drogas y otros pocos que se escapan avanzan rumbo al país vecino del norte con el favor de no sé qué milagro.

Recientemente la plataforma Change.org comenzó a recabar firmas para solicitar a la secretaria de Relaciones Exteriores, Claudia Ruiz Massieu, así como al presidente Peña Nieto, que se dé asilo político a 10 mil sirios por los conflictos que actualmente se enfrentan en ese país. La iniciativa es de un gran valor, sin embargo, habría que hacernos un par de preguntas. ¿No tenemos otras prioridades? ¿No estaremos tildando entre la politiquería y la doble moral si aceptamos a sirios y discriminamos a latinoamericanos?

Con ello no quiero afirmar que migrantes y refugiados tengan un mismo significado, de hecho, están en categorías legales distintas[2]. Mientras el primero generalmente es por un tema económico y el traslado a otro país es voluntario, el segundo no tiene mayor alternativa y sale huyendo porque su seguridad es imposible o poco llevadera en su país de origen. El cuestionamiento que planteo es respecto al trato que deberían recibir todas las personas, porque ambas impactan necesariamente política, económica y socialmente.

El tema con los inmigrantes latinos no es el cierre de las fronteras del sur de forma definitiva, ni voy a inventar yo el cuento –muy al estilo de Donald Trump– que porque son sureños son delincuentes. Lo cierto es que donde hay pobreza hay delincuencia. En México debería atenderse esta problemática con alguna especie de seguimiento, regulando el paso a inmigrantes y reconsiderando el tema de los refugiados políticos de los países del sur si no queremos que las cosas se sigan poniendo imposibles.

Por otro parte, lector, sería importante pensar ¿en qué momento dejaremos de ver a nuestros iguales tan extraños y tan diferentes? La xenofobia es un problema muy grande en México. Nace, claro, de un país acostumbrado a sentirse superior mientras puede. Habrá que pensar desde el lado de la ciudadanía que educar a los que nos pisan los talones en la igualdad, es una inversión imprescindible. Hay que inculcar en los nuevos ciudadanos que la única lucha de nuestros derechos que es auténtica es la que resulta incapaz de negar la de los demás.

 @ alfredogamt

[1] DÍAZ Paola, “Frontera sur: lo que importa es escapar” versión electrónica de la revista Nexos: http://redaccion.nexos.com.mx/?p=6373

[2] Para entender más sobre las diferencias Paola Díaz, Internacionalista y estudiante de la maestría en Periodismo y Asuntos Públicos del CIDE escribe un texto para la versión electrónica de la revista nexos sobre este tema: http://eljuegodelacorte.nexos.com.mx/?p=4923

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