Un funeral para la cosa pública

 

¿Alguien ha vuelto a preguntar sobre la calidad del agua de la presa Paso de Vaqueros? ¿Alguien sabe qué se resolvió en el Ayuntamiento sobre las recomendaciones de la Comisión de Derechos Humanos, con respecto a sus funcionarios en materia de seguridad que tan famoso volvió a este pueblo por su salvajismo? Parece que en nuestra ciudad podríamos perdonarle todo a nuestros gobernantes, menos que le fallen a su tradición. Parece que en San Luis de la Paz opera una regla absurda común de un país que se agacha ante la confrontación: no hay perdón para un presidente “de pueblo” que no fabrica ferias de ensueño. Aquí seguimos lector, como en la espera de un funeral para la cosa pública. Como entorpecidos por las ideas; por lo que debería ser. En la espera de funcionarios que entiendan que el poder y la obviedad sí se pueden ejercer a un mismo tiempo. Y de ciudadanos que entiendan que los asuntos públicos no se acabaron cuando ganó o perdió su partido, porque la batalla de construir e informarnos, sigue siendo nuestra.

Informarnos y cuestionar nuestros gobiernos es esencial, porque sirve como un mecanismo evaluador del recurso y el funcionamiento público. Hacerlo fortalece la capacidad de exigir de los gobernados y sirve como un sistema de presión para que los funcionarios públicos se dediquen, por principio de legalidad, a desplegar sólo las acciones que el andamiaje jurídico les permite, aunque no resulte éste ser siempre el más eficiente.

La inseguridad es un claro factor por el que las autoridades de nuestro país se han visto tremendamente atisbadas. Resulta que por evidentes razones las autoridades de los municipios en México son quienes más violencia y amenazas sufren. De 1994 a 2004, ocupan el 83.2%, respecto a las de nivel estatal o federal[1]. Es visible que la maquinaria de corruptelas y defensa no es en lo absoluto equiparable. Probablemente más delincuentes quieran dirigir al gobernador de un Estado, pero resulta más sencillo exprimir a un presidente municipal.

La inseguridad que ahora traemos a cuenta, la obtención de un lucro para los tomadores de decisiones o simplemente la ponderación de un tema más popular entre los ludovicenses sobre sus obligaciones legales para legitimarse políticamente, son ideas que vislumbro. Quizás todas son mentira, pero mientras no exista aclaración que dé respuesta de forma veraz a las sinrazones con las que se manejan nuestros gobernantes, lo invito a ejercer ya no su derecho, sino su obligación a la duda.

Se realizan siempre múltiples evaluaciones a los gobiernos cuando terminan sus periodos, pero ello aunque útil, tiene más un fin de registro histórico que funcional. Si no somos nosotros en tiempo real los que nos preguntemos qué están haciendo los funcionarios, dejaremos morir los temas y las ideas, y así también dejaremos morir el presupuesto público en las tierras cada vez más fértiles de los bolsillos de nuestros funcionarios.

Hay que permanecer despiertos ante las decisiones. Hay que cuestionarnos y compartir en la sobremesa las discusiones, porque me parece que no hay trinchera más audaz para la construcción de la cosa pública. Tal vez si enfocáramos nuestra atención hacía fines más primarios como el de hidratarnos o la de vivir seguros nos volvamos esa ciudad que tanto idealizamos.

@ alfredogamt

[1] En 2014 la revista nexos publicó un artículo que analiza temas relacionados con la seguridad en el ejercicio de la función pública, adjunto el enlace: http://www.nexos.com.mx/?p=24024

One comment on “Un funeral para la cosa pública

  1. Dejemos de cargarle a la historia que “absuelva” a los funcionarios, y legitimemos nuestro presente ciudadano cuestionando y exigiendo rendiciones de cuentas, sin esperar a informes programados o a sucesiones teatrales.
    Muy bueno.

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