Ludovicenses porque sí

nueva columna Alfredo García

“…en México no sabemos discutir. Nuestra sociedad evita la confrontación, es el país del eufemismo, somos más correctos que una monja del siglo XIX. Confundimos el choque de ideas con la intención pendenciera. Afilamos navaja pero a la hora de enfrentar posturas damos media vuelta o sacamos el pecho, aplaudimos la diatriba y la descalificación…” –Maruan Soto Antaki[1].

Usar como fundamento más poderoso “la tradición”, es como argumentar con un “porque sí” entre los dientes; y aunque duela, estas frases no sirven para construir. Vivimos como en la faramalla de una monarquía; incluida la necesidad de nuestra respectiva reina de pueblo y con el servilismo que arde vivo entre nuestra gente. No nos prestamos al debate, nos encanta fabricar historias sobre cerros de humo que nosotros mismos nos inventamos. La historia que nos cobija es riquísima e innegable, pero si seguimos creyendo que es lo único que poseemos, los que vivimos hoy no estaremos haciendo historia, al menos no una que valga la pena contar.

El discurso no lo niega, es nuestra carta de presentación ¡Somos la nación Chichimeca! Tenemos la última comunidad Chichimeca Jonaz del país; tenemos todo y no tenemos nada. La tradición crea pertenencia, nos hace sentirnos parte de un lugar, ello nos permite de forma ciertamente primitiva, desarrollar nuestra personalidad. En comunidad adoptamos nuestro sistema de valores. Aprendemos todo cuanto envuelva la tradición de nuestro pueblo, desde cosas productivas hasta los vicios sin los que no podríamos contarla.

Le hago una invitación amable lector, a separarnos de la idea de que vivimos en una tierra que vale la pena sólo porque aquí nacieron los nuestros. Lo invito, no para demeritar el pasado, ni para tratar de borrar la innegable historia. Los aplausos alimentan a los ídolos que son seguidos por las masas, a los grandes canallas que administran el recurso público y en lo general suelen celebrar la pasividad de lo inmutable. Quien se aplaude durante siglos camina sobre un acantilado entre la fanfarronería y el fracaso.

Si hoy pudiera definir a San Luis de la Paz, ¿con qué  palabras lo haría? Las tradiciones nos dan sentido como colectividad, pero hay costumbres y modos que: o ya no sirven o nos lastiman. No haré un listado de innecesarios, al menos los que son para mi. Mi idea es la de invitarlo a pensar qué nos sirve y qué no.

Hay pueblos en nuestro país que hacen hoy en día fiestas en las que sacan a pasear a las vírgenes en carros alegóricos hasta llegar a una parroquia donde se celebra misa, como quien ofrece un producto. Hay otros, como la capital de nuestro estado, de fama ultra conservadora en que el día de “nuestra señora de Guanajuato” algunos hombres salen a la calle vestidos como mujeres, ridiculizando y denigrando la figura femenina. ¡Pero qué paradoja! Pareciera como si ese día el cielo les permitiera despojarse de su heteronormatividad, con licencia para espantarse el pecado.

¿A dónde va la historia de San Luis de la Paz? Tal vez estamos condenados a presumir nuestro paradójico orgullo de nación Chichimeca que se desmorona no como pasado, sino como presente, siendo una de las regiones más peliagudas en el Estado, en temas como la drogadicción y embarazos prematuros. Somos una marca de espectacular, circo de pueblo, llanto que duele.

Pero no todas las tradiciones destruyen o denigran. Los pasados no son en lo absoluto buenos o malos, pero son nuestros, nos pertenecen, hay que utilizarlos en favor nuestro.

Aquí dejo una puerta abierta a la duda, para construir. Hay que utilizar lo que más nos lastima, para maquilar, a futuro, el modelo de tradición que queremos vivir, una que no excluya, una que nos sirva para no vivir a medias.

@alfredogamt

[1] http://cultura.nexos.com.mx/?author_name=maruan-soto-antaki

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