La época del Palitroche

nueva columna Alfredo García

“Hay que poner en la literatura escolar una gran dosis de calor humano, de sentimientos intensos que reafirmen la personalidad, que canalicen el espíritu del joven. Esta literatura debe ser viva con un rigor que suene en el diapasón de la conciencia…” Aténogenes Pérez y Soto[1].

Soy de la época del Palitroche en los libros de texto gratuito de la instrucción primaria. Mi abuela no. Los que corrieron con suerte  de su generación aprendieron con unos libros de la editorial Patria, de nombre “Iris, libro de lecturas” entre los que uno se paseaba por Goethe, Rubén Darío y Martín Luis Guzmán[2], era 1934. Lo sé porque rescaté el libro lleno de polvo y con las hojas marchitas de  un bazar. O quizá  no, ahora me da por pensar que el texto fue el que me rescató a mi.

La confesión encerrada en esta columna, es de un lector tardío. A conectar letras para descubrir palabras aprendí como el resto, pero a interpretar llegué tarde. En el transcurso he aprendido dos cosas importantísimas. Lo primero es que la lectura tiene entre sus bondades la de librarnos de muchos prejuicios. Sin embargo, lo segundo es lo que me parece de una importancia capital: lo más relevante de leer no es leer, sino lo que hacemos con lo que leemos. Se trata de proveernos de las herramientas para resolver los absurdos que más le han traído dolor a la humanidad; la desigualdad, la discriminación, el exceso del poder y muchos otros. Sin embargo como todo poder, en manos de un tirano es peligroso.

Cuando el panorama político de este país en 2012 nos presentaba como posibilidad a Andrés Manuel López Obrador como presidente de la República, recuerdo parte del discurso. Decía López Obrador que una de las cosas que lo distinguía de los otros proyectos era su equipo. Entre quienes lo apoyaban se encontraban Elena Poniatowska y otras gentes que conformaban un grupo de intelectuales –al menos mucho más que el resto de la población promedio–. Hacían promoción asegurando que esa era su mayor fuerza, y no lo dudo, ni lo dudé, a nuestro país le hace falta una visión mucho más amplia del ejercicio de la cultura. Pese a esto, algo no estaba en su lugar… ¡Por supuesto! La idea regresó a mi: el poder es poder, y bajo cualquiera de sus formas (económico, social o intelectual) ofusca. Pensemos lector ¿Qué haría un país en manos de “gente que si piensa”, dirigiendo a una nación que tiene bajos niveles de educación con una cultura desmesurada del poder? Mi ánimo me empuja a pensar que esto tenía puras buenas intenciones, sin embargo me parece útil traerlo a cuenta.

Sostengo estas ideas porque el tiempo sigue corriendo y no podemos esperar sexenio tras sexenio a que llegue un “alma buena” a cambiar la situación de este país. Podríamos enumerar entre las bondades de la lectura el fortalecimiento de un aparato crítico. Necesitamos utilizar las herramientas más cercanas. La practica de la lectura es cercana y poderosísima. ¿Por qué practicarla puede impactar en la construcción de una ciudadanía más solidaria, comprometida, tolerante y aún mismo tiempo crítica? La respuesta se esconde en algo muy simple, leyendo las realidades de otras personas nos podemos dar cuenta que nuestra realidad, es apenas un ápice en el universo de la humanidad. Hay historias que nos ahuyentan el dolor y otras que nos lo atraen. A través de las creaciones escritas de otros asimos sus desgracias y aprendemos a lidiar con realidades distintas. Nos volvemos más críticos y como consecuencia tenemos más instrumentos para proponer, y de proponer se trata.

Si queremos ciudades más libres, necesariamente necesitamos ciudadanos más preparados para el diálogo, con fundamento. Si existen ciudadanos capaces de argumentar, de expresar sus ideas –otra bondad de este ejercicio- entonces podremos exigir y vigilar con mayor cercanía nuestros gobiernos. Entonces estaremos embardas en el camino de darle batalla a esta paradoja. Lo invito a estar de acuerdo y sobre todo a no estarlo si no comulga con estas ideas, ya que justo este ejercicio de construir ideas, propiciando la tolerancia es el que me empuja, casi como un sortilegio, a seguir escribiendo.

@alfredogamt

[1] Aténogenes Pérez  y Soto  fue un maestro veracruzano, que aparece como coordinador de “Iris, libro de lectura” del que hago referencia en el texto. Fue Director General de Educación en el Estado de Veracruz y maestro de la Escuela Nacional Preparatoria en el Distrito Federal.

[2] Más tarde Guzmán presidiría la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos (CONALITEG) creada en el periodo de López Mateos el 12 de febrero de 1959.

One comment on “La época del Palitroche

  1. Ricardo dice:

    La palabra nueva: “palitroche”… ejercicio de imaginación y creatividad que tanta falta nos hace por éstos días.

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