Homo Economicus |Por Jesús Soria Narvaez

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¿Podemos aprender de las catástrofes?

El costo humano y social de la negligencia y corrupción

“Todo acto humano es fundamentalmente un acto económico”

Hace días dimos cuenta de la conmemoración de un año más del terremoto que dejó incontables víctimas principalmente en la ciudad de México aquella mañana del 19 de septiembre de 1985. A 28 años de la tragedia, hoy los mexicanos sufrimos un nuevo desastre natural que está teniendo desafortunadamente altos costos humanos e incuantificables pérdidas materiales.

Los desastres y tragedias naturales no deberían sorprendernos o al menos, no deberían “costarnos” tanto en términos de vidas humanas y económicos. En todas partes del mundo suceden eventos de esta naturaleza y nuestro país no es la excepción. Esto, por su posición geográfica, condiciones geomorfológicas y orográficas, entre otros elementos.

Dado que este tipo de eventos naturales son ineludibles, es cierto que ante ello lo único que también debería ser ineludible es la prevención. Señala en una columna reciente María Amparo Casar que en casi todos los ámbitos de la vida la prevención es siempre mejor que la contención. Y sin embargo, aún cuando en nuestro país hemos avanzado enormemente en el tema de la prevención y protección civil, seguimos teniendo eventos que desafortunadamente nos regresan a nuestra realidad en la materia. El avance que puede significar en términos de prevención  y protección civil se reduce o se neutraliza cuando ante la tragedia observamos que otros elementos no le abonan al tema de la seguridad e incluso potencian la tragedia: la negligencia y la corrupción.

La primera si bien lamentable, puede ser entendible (no justificable) ante ciertas condiciones y en ciertos casos. Se entiende entonces, la negligencia como acción realizada bajo descuido, omisión, sin esfuerzo o aplicación “debida o correcta” ante un caso particular. Esto insisto, puede ser entendible por falta de información, de recursos, de tecnología, constricciones de tiempo, etc. Por decirlo de otra manera, hay expertos que señalan que hay una “tasa natural” de pérdidas derivadas de las tragedias. Es decir, hay un nivel natural y entendible de pérdidas humanas y sociales en todas las sociedades simple y sencillamente porque la realidad y complejidad de variables y actores que interactúan son tan amplias y complejas que nunca será posible asegurar que no exista alguna pérdida de vida humana o material en algún momento y en algún lugar. Sin embargo, este debería ser el menor costo posible.

La segunda, la corrupción, no es de ninguna manera ni entendible ni mucho menos justificable. Y desafortunadamente en nuestro país muchas desgracias y tragedias (incluso naturales) han tenido derivado en mayores pérdidas debido a la presencia de actos de corrupción pública y privada. Sin exagerar,  la corrupción entonces, puede atentar contra la subsistencia humana y social.

Por ejemplo, durante mucho tiempo las empresas tabacaleras y más recientemente las empresas refresqueras negaron o argumentaron que sus productos estuvieran asociados o vinculados con algún tipo de cáncer u obesidad respectivamente. Fueron muchos años en los que los consumidores no tuvimos información importante para modificar nuestros hábitos y prácticas de consumo. Ahora hay más información y creemos estar conscientes (de alguna manera) del potencial daño que podemos provocarnos al consumir o abusar de determinado producto. Bueno, esto sucedió derivado de una omisión (¿o acuerdo?) provocado por un acto de corrupción. Así, hoy México es un país de personas con obesidad y sobrepeso y ahora pretendemos mitigar su incidencia a través de impuestos a las bebidas azucaradas, prohibiendo la venta de alimentos chatarra y difundiendo mensajes sobre buenos hábitos de alimentación. ¿Tarde? No lo sabemos, pero sí sabemos que ahora nos costará mucho social y económicamente hablando a los gobiernos y a las familias en general. Al respecto, se estiman los costos del sistema de salud de nuestro país (y de las familias) para atender tanto diabetes como sobrepeso en alrededor de 45,500 millones de pesos al año. Algo así como 5 veces los daños causados por “Ingrid” y “Manuel”, según las estimaciones preliminares y parciales de esta tragedia.

¿Quiere otro ejemplo de corrupción y su impacto en las tragedias? Según las cuentas de twitter tanto del Sistema Nacional de Protección Civil de la Secretaría de Gobernación como del Gobernador de Guerrero (por ubicar el lugar que ha sido más afectado) algunos de los primeros mensajes de alerta y precaución fueron del 12 y 13 de septiembre. Es decir, entre 24 y 48 horas antes de la ocurrencia de las peores desgracias en los municipios de Guerrero. No se actuó sino hasta el día 16 por la noche. Corrupción obviamente no, pero ¿negligencia?

Otro ejemplo de negligencia (¿o corrupción?), es cuando el Jefe de Gobierno del Distrito Federal, Miguel Ángel Mancera, propone la creación de un “fondo” presupuestal para atender las consecuencias y los costos que implican las marchas en el DF. Nuevamente, es mejor reaccionar y pagar las consecuencias de estos eventos antes que regularlas o aplicar la ley.

Ahora, ¿quiere ejemplos más cercanos a nuestra realidad? Por favor analice la ocurrencia en su entorno de lo siguiente:

a) falta de planeación y ordenamiento territorial;

b) desordenado desarrollo urbano causado por invasiones;

c) se siguen permitiendo asentamientos humanos en laderas de cerros, en sitios irregulares sin los mínimos servicios públicos;

d) instalación de gasolineras y/o gaseras (que aunque en menores casos pero no dejan de implicar riesgos potenciales hacia la población);

e) construcción de obra pública e infraestructura con mala calidad o sin cumplir con las especificaciones y normatividad en materia;

f) cauces de ríos no atendidos durante años,

g) industria con potencial de riesgos y daños sin normar y/o regular;

h) municipios, zonas o sectores sin atlas de riesgos, planes de protección y de contingencias,

i) no difusión de las medidas de prevención y protección; etc.

¿Es posible aprender algo de las catástrofes? O ¿debemos “chocar dos veces con la misma piedra”?. Desarrollo no es lo que nos pasa sino lo que hacemos con lo que pasa. La catástrofe puede surgir de un accidente, una falla de cálculo, un descuido o ignorancia. Pero repetir el error es no haber aprendido del primero. Una  lección es aprendida cuando el  conocimiento que se obtiene en la experiencia prepara, mejora y previene el desempeño futuro. Y la lección que debemos aprender mejor ahora que más tarde es que la negligencia y la corrupción (ésta última más determinantemente) tiene su “cuota” e impacto en la magnitud de los costos humanos y económicos de las tragedias. Sin erradicar o disminuir esto, seguiremos lamentado pérdidas en el futuro. Esta será la verdadera tragedia y no “Ingrid”, “Manuel”, “Catrina”, “Paulina” o cualquier otro nombre que recuerde.

Comentarios y sugerencias: jesus.soria.narvaez@gmail.com  | Twitter: @j_snarvaez

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