Límites para el éxito

Ariel Rodríguez

“La moral es la regla de las costumbres.

Y las costumbres son los hábitos.

La moral es, pues, la regla de los hábitos.”

Anatole France

Con mucha frecuencia pensamos que amar implica darlo todo, sobre todo si hablamos del amor paterno o materno. Hay quienes, por ejemplo, creen que amar a sus hijos es buscar la forma de obtener para ellos todo lo que piden y ceder ante ellos con generosidad y paciencia. Sin embargo, tal vez lo más importante que podemos hacer por nuestros hijos es darle las herramientas para que aprendan a ser felices en esta vida. No en un planeta ideal, sino en éste. Pero ¿cómo enseñar a tomar decisiones y a actuar en el mundo de forma correcta? La respuesta es simple. Conste que no dije fácil, pero sí es simple. Transmitir nuestros valores a través de límites sanos.

Cuando hablamos de límites, muchas personas piensan en un dilema, que, a mi parecer, es falso. Me refiero a la decisión de ser estrictos o blandos en la educación de los hijos. Nuestros padres o abuelos creían que la rigidez en el trato con los hijos e hijas, era proporcional a la calidad humana que lograrían. En el caso de las hijas para cuidar su “virtud” y en el de los varones para asegurar su virilidad. Como hemos visto a lo largo de los años, no necesariamente este tipo de educación dio los resultados esperados. Por el contrario, dar a manos llenas, como al parecer ocurrió en las siguientes generaciones, tal vez como una forma de reacción ante la educación rígida recibida, dio por resultado generaciones de niños y jóvenes que además de groseros, no necesariamente  obtuvieron mejores resultados en la vida. ¿Entonces qué son los límites sanos? ¿Cómo aplicarlos?

Me gusta usar la metáfora de un muro. Piense por ejemplo en cualquiera de las paredes de su casa. No le agrede ni física ni emocionalmente, simplemente es firme y constante. Y son esas características las que le dan la confianza de que ahí permanecerá y las que lo hacen sentirse protegido. Lo más importante es que lo que usted considera correcto e incorrecto, ya sea en cosas importantes y cotidianas usted logre trasmitirlo día a día con la firmeza y constancia del muro.

Su hijo debe recibir tantos “no” como incurra en acciones incorrectas, y reconocimientos por parte de usted como acciones positivas desempeñe. No piense que hay que traer vara en la mano y regalos en la bolsa. No olvide que su palabra de reconocimiento, un “gracias”, un “muy bien”, son suficientes como estímulo positivo. Y un “no” con firmeza es suficiente si es constante. El principal problema estriba en que normalmente no somos constantes. Decimos “no” cuando estamos cansados y damos a manos llenas por culpa o ternura, pero no en base a los actos de nuestros hijos.

Empecemos ahora a formar los extraordinarios seres humanos que nuestros hijos merecen ser, empezando por confiar en lo que somos y sabemos, para que nuestros valores los cobijen mientras crecen. Inevitablemente tendrán que construir sus propios muros cuando sean adultos.

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