Ser gobierno, ser oposición

Soy de los que piensan que la calidad de un gobierno tiene, también, mucho que ver con la forma en que la oposición ejerce su papel. También creo que desde que el país tiene gobierno dividido (1997), la oposición no ha estado a la altura de las exigencias de una democracia. No se trata de que las minorías se vuelvan “colaboracionistas” al servicio la minoría mayor, sino de que asuman su quehacer con claridad de propósito y, en lo fundamental, que actúen constructivamente cuando el interés nacional está de por medio. Quince años de gobierno dividido dan cuenta de una generación muy distante a la virtud, lo que ha empañado el prestigio de la democracia; no es un defecto de ésta; sí, en cambio, un déficit de quienes la han encabezado.

Es necesario interrumpir esta inercia que degrada a la democracia. Cada quien, desde su propio espacio, debe cumplir su parte para otorgar mayor eficacia al gobierno y a la representación política. Los partidos opositores tienen una tarea importante y, por ello, tendrán que definir muy bien los términos de su escrutinio y contrapeso al gobierno, a fin de evitar la obstrucción y la cerrazón. En México, la situación resulta muy compleja por el multipartidismo y, aún más, por la densidad política de los tres principales partidos.

Quien gobierna, enfrenta, entre sus mayores desafíos, al centralismo y a un aparato gubernamental rígido que, en no pocas ocasiones, se ha apartado de los más elementales principios del servicio público. Por esta consideración, los ciudadanos se muestran distantes y, con frecuencia, críticos de los partidos, de sus representantes populares y de las autoridades. Ello explica la conveniencia de que al iniciar el nuevo gobierno, el conjunto de la clase política actúe con un compromiso renovado para mejorar su relación con la sociedad. Un gobierno moderno sí tiene mucho que ver con la voluntad de quienes lo encabezan, y por ello es alentador que las primeras iniciativas del presidente electo estén asociadas con la transparencia y el buen gobierno.

Hacia adelante, tanto para los nuevos gobernantes como para la oposición, el reto es combatir el cinismo que se ha instalado en la esfera pública y que es acompañado por una doble moral que vuelve desproporcionadas las faltas del adversario e inexistentes las propias. El ejemplo como prédica, la transparencia y la austeridad son los medios para restituir la confianza ciudadana en la política y en las autoridades. Quienes asuman los altos cargos de responsabilidad han de dar por cierta la inteligencia de los ciudadanos y la capacidad de la sociedad como condición para garantizar la trascendencia y la transparencia de lo que hasta ahora ocurre en la penumbra del poder.

El propósito de mejorar la calidad del gobierno y de la política no solo atañe a las autoridades y a los políticos profesionales; los medios de comunicación también tienen una responsabilidad de la mayor trascendencia en al menos dos tareas: mantener bien y verazmente informada a la sociedad, y realizar un escrutinio serio al poder a manera de reconocer a quien cumple y ejercer sanción social a quien se aparta del código de responsabilidad pública, con la libertad y pluralidad que caracteriza a nuestros medios.

El PAN tiene una larga historia como oposición. En esa condición, su participación y su poder de persuasión y de negociación tuvieron repercusiones muy positivas. El PRD tiene una historia más reciente y un tanto contradictoria. Como gobierno, sus cuentas han sido buenas en sus quince años al frente de la Ciudad de México, pero ha tenido rotundos y lamentables fracasos en muchos de sus gobiernos locales. Como oposición parlamentaria tampoco ha logrado trascender. El poder que le han otorgado los ciudadanos en los comicios federales y locales no ha sido ejercido con acierto, de allí las oscilaciones en la confianza pública y en los retos electorales.

El PAN y el PRD son partidos antagónicos y, sin embargo, es explicable que en coyunturas específicas, especialmente ante un adversario con mayor poder, exista la inclinación por una alianza opositora. Pero esta empresa no puede ser sistemática ni generalizada, como ha pretendido la dirección nacional perredista y algunos senadores de Acción Nacional, pues ello niega la identidad ideológica y los proyectos de cada organización política. La tentación de ganar el poder es grande, pero no puede ni debe ser a costa del proyecto propio y, mucho menos, empoderando y acreditando opciones no solo diferentes, sino incompatibles.

Las negociaciones y votaciones para la reforma laboral han sido un buen precedente para advertir la nueva dinámica a la que está expuesta la oposición. La extraña gestión de los senadores del PAN estuvo a punto de echar por tierra la iniciativa de su correligionario, el presidente Calderón; en contraste, la línea reformadora del PRI, encabezada por el presidente electo, prevaleció, con lo que el proceso se recompuso en la Cámara de Diputados. Queda pendiente lo que habrá de ocurrir en el Senado. El PRD se llama traicionado, al tiempo que el PAN, en la Cámara baja, ha podido hacer valer prácticamente todo el contenido de la iniciativa presidencial.

La nueva realidad política plantea al PRD una gran oportunidad y una importante advertencia: transitar hacia la intransigencia o el chantaje es la opción más incierta con el destino más adverso. Amenazar con obstruir o complicar la ceremonia de la toma de posesión del presidente Peña Nieto como moneda de cambio es una actitud que denigra la representación que ostenta y que desacredita los fundamentos de la política. Además, esta actitud significaría ceder a su adversario, el PAN, un futuro acuerdo, mientras que los gobernadores y el jefe del Gobierno de la Ciudad de México trabajan y negocian para lograr el mejor entendimiento posible con el futuro gobierno federal.

La oposición en el país y el gobierno del presidente Peña Nieto están llamados a inaugurar una nueva etapa en la relación entre quien gobierna y quienes son oposición. En un país tan diverso, con una sociedad tan plural, las diferencias entre las fuerzas políticas no solo son inevitables, también son sanas y convenientes. No es el disenso lo que debe ocuparnos, sino la determinación de cada cual para hacer, desde su propio espacio y perspectiva, lo que corresponda para el bien del país. Ser gobierno, ser oposición.

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